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Ante la nueva dilación en el caso por el femicidio de su hija, Gabriela Monzón rompió en llanto. "Los jueces no saben lo que es perder un hijo. Yo a Gisela la veía estudiar y me la mataron", expresó. Y contó la dolorosa realidad que atraviesa: "Tengo que esconderme para llorar porque no quiero que me vean mis hijos".

Por: Elías Moreira Aliendro

 

Esperar. Recibir la mala noticia de que la Justicia favorece a los imputados por el femicidio de su hija, y esperar.

Esa es la dura realidad que le toca transitar a la madre de Gisela López una y otra vez, con la promesa de una condena y una verdad que nunca llegan.

Lleva consigo el dolor inenarrable de que a uno le arranquen un hijo de la peor manera. Pero además le piden que espere, que siga esperando, que sea fuerte, que aguante un poco más.

Hace dos años, cuatro meses y 28 días fue la última vez que vio a su hija con vida. "Yo fui padre y madre a la vez, hice todo lo posible para que mis hijos salieran adelante porque no teníamos nada. Les pude dar una casa, a Gisela la veía estudiar. Pero la vida es injusta y me la mataron. Verla estudiar y que te la maten así...". Gabriela Monzón no puede terminar las frases porque se quiebra, pero no hace falta. Toda Santa Elena sabe de su calvario, de su fuerza, de la injusticia.

Este miércoles se conoció un nuevo revés para la familia: la Sala Penal del Superior Tribunal de Justicia hizo lugar por mayoría al recurso de queja interpuesto por la defensa y con ello, peligra la decisión de volver a enjuiciar a los imputados Saucedo y Vega como falló Casación en 2018, tras el brutal femicidio ocurrido en 2016 y una sentencia absolutoria en primera instancia, en 2017.

"Tengo bronca e impotencia, porque uno pide justicia de la buena manera y los jueces no saben lo que es perder un hijo, ojalá que nunca les toque perder un hijo", expresó Gabriela tras la mala nueva. "Yo a veces me tengo que esconder para llorar porque no quiero que mis hijos me vean mal, porque uno trata de hacer todo lo mejor y andar bien por ellos, pero esto te voltea y no sabés de dónde sacar fuerzas", lamentó.

Lo que a la mujer le preocupa es "que ellos se sientan mal". "A veces los veo que andan mal y preguntan qué va a pasar con el caso de Gisela, por eso como madre muchas veces tenés que esconderte para que no te vean llorando, para no hacerles mal a ellos también", señaló.

Es que no hay respuestas para los hijos ni para ella misma, y el pedido es siempre el mismo, igual que la promesa. Que espere, que ya va a llegar; que aguante, con el dolor que ya no le cabe en el pecho, contra la impunidad que parece hacer burla, con el fantasma de los cabos sueltos, con la incógnita y la sospecha de quién los banca. 

Y Gabriela Monzón va a seguir esperando, como ha hecho hasta ahora, con la fuerza que le dan Gisela y sus hijos, con el acompañamiento de tanta gente que le brinda su apoyo, con el empuje y la vigilancia de los medios de comunicación, y con un pueblo entero que reclama con ella.

Va a valer cada lágrima, Gabriela. Y será justicia, justicia por Gisela.

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