Tras ataques de pánico, autolesiones y un intento de suicidio que derivó en internación, una adolescente les contó a sus padres lo que su ministro le había hecho cuando era una niña, en María Grande. Gracias al avance de la causa de Santa Elena, se animaron a denunciar en la Justicia.

L no dormía. Dejaba que el sueño le ganara por cansancio.

Todas las noches tenía algo que hacer. En realidad, buscaba mantenerse ocupada.

Limpiaba aquellos rincones de su habitación que su mamá ya había barrido; escuchaba música; ordenaba su ropa en el armario; miraba televisión hasta que sus pupilas ya no soportaban la luz del aparato; o leía la revista La Atalaya: Anunciando el Reino de Jehová.

Todas las noches la misma rutina.

L no quería dormir: quería caer vencida en su cama y despertar por la mañana para tratar de seguir con su vida con normalidad. Pero ya nada era normal.

No quería cerrar los ojos porque la acechaba un miedo profundo. El temor de revivir una pesadilla: el día que fue atacada sexualmente, en medio de la oscuridad, mientras dormía. Fue en 2013. Tenía 11 años.

Ese hecho, el abuso, la afectó en su rendimiento escolar, en sus relaciones de amistad y, por supuesto, cada vez que asistía al Salón del Reino de los Testigos de Jehová de María Grande, a 63 kilómetros de Paraná, de 11 mil habitantes.

Allí estaba –ahí está- José Ariel González, el Siervo Ministerial de los Testigos al que este año se animó a denunciar por abuso ante la Unidad Fiscal de Violencia de Género y Abuso Sexual del Poder Judicial, en Paraná.

El camino hacia los Tribunales no fue fácil.

En primer lugar, sus padres, que sospechaban que algo grave le había sucedido, hablaron con los Ancianos, las autoridades de la congregación, para que separasen al religioso o lo enviasen a participar de las actividades de otro Salón.

Percibían que su hija había sufrido algún tipo de abuso, porque se descomponía cada vez que veía a González o porque infligía cortes en sus brazos. Los detalles de lo que le pasó a L los conocieron más adelante, en medio de una crisis que derivó en una internación.

Los padres de L acudieron a los Ancianos: Fabián Bergallo, Osvaldo Jiance y Aníbal Astrada; luego le comentaron a un superintendente de circuito llamado José Gularte, encargado de recorrer cada congregación, alrededor de una vez cada seis meses. También supo de lo que pasaba otro Testigo, Ramón Albornoz.

No tuvieron respuestas favorables, ni nada parecido a lo que se establece en el escrito “La postura bíblica de los Testigos de Jehová sobre la protección de menores”, una especie de protocolo de actuación interna ante casos de abuso de menores en la congregación.

El punto octavo del texto dice que “los ancianos se esfuerzan por tratar a las víctimas de abuso de menores con compasión, comprensión y bondad (Colosenses 3:12). Como consejeros espirituales que son, procuran escucharlas con atención y empatía, y consolarlas (Proverbios 21:13; Isaías 32:1, 2; 1 Tesalonicenses 5:14; Santiago 1:19)”.

 

 

Internación y desahogo


Carmen Farías y su hija, L, sentían y sienten que no se las escuchó y, en algunos casos, hasta haber sido víctimas de violencia simbólica cuando una autoridad de la congregación les señaló que se vestían de un modo “provocativo”.

El episodio del abuso persiguió a L como un mal sueño, que a fines de diciembre de 2015 quiso aplacar de un modo voraz:  tomó Clonazepam, fármaco que actúa como un sedante y es corrientemente utilizado para conciliar el sueño. Eran las pastillas para dormir de su madre.

L había tomado una cantidad suficiente como para intoxicarse, para perderse en un sueño en el que no haya escenas, ni recuerdos, ni historias.

En el medio del desconcierto y la preocupación, Carmen hizo lo que pudo: tomó sus cosas, encendió el auto y condujo 74 kilómetros, de María Grande a Hernandarias, en busca de su ex marido –padre de la adolescente, hoy de 17 años- para que la ayude con la crisis.

En el Hospital San Martín de Hernandarias, L reaccionó y se desahogó: contó con detalles lo que le había pasado aquella noche de 2013 en la casa del Siervo Ministerial y de los juegos que no tenían nada de infantiles. L terminó en la casa de González invitada por la hija de este, con quien en ese entonces organizaba la celebración del fin de curso de sexto grado.

Su doloroso e inquietante relato  fue oído por sus padres y un enfermero del nosocomio. La tranquilizaron, le dijeron que iban a actuar, que  no iba a quedar así.

La familia volvió a hablar con los Ancianos. Y nuevamente se encontraron con medias respuestas, algunas inclusive hirientes: “Estuvimos hablando con los líderes religiosos de nuestra organización y les explicábamos la situación y que necesitábamos ayuda y contención por lo que estábamos pasando. Le contamos a los Ancianos, que eran tres: Aníbal Astrada, Osvaldo Jiance y Fabián Bergallo. No fueron los únicos que se enteraron, porque seguimos pidiendo ayuda para que se haga justicia, porque este hombre seguía con los mismos privilegios. Al principio solo le sacaban el sonido, o a veces no comentaba –El Atalaya-. Nos decían que teníamos que seguir yendo a las reuniones, y cada vez que esto pasaba mi hija se descomponía, tenía ataques de pánicos. Venía  descompuesta de cada reunión porque no podía soportar ver a él y ella”, dice Carmen, y señala como supuesta cómplice de los abusos a Mónica, la pareja de González.

“Los Ancianos nos decían que sigamos confiando, que Dios iba a hacer justicia. Pero nosotros no sentíamos esa paz. No dudábamos de nuestra fe, pero no podíamos soportar ver cómo mi hija se descomponía cada vez que ese hombre estaba presente. Cuando vino la visita de un superintendente viajante nosotros  le comentamos la situación y él dijo que nosotros teníamos que seguir para adelante, que no teníamos que hacer caso y que teníamos que confiar en la justicia divina”, recuerda.

 

El camino a Tribunales


Los Testigos de Jehová conmemoran la Cena del Señor, o última Cena, 

el 14 de nisán, fecha del calendario judío, que este año coincidió con la Semana Santa de los católicos:  en abril. Como otras veces, González seguía participando de las actividades del Salón del Reino.

Verlo allí, participando aún de la vida de la congregación, decidió finalmente a L a formalizar una denuncia judicial. “Él no pasó noches sin dormir. Yo no podía sentir que alguien se acerque, que alguien esté respirando al lado mío. Me largaba a llorar”, cuenta L a Entre Ríos Ahora.

Ya sin respuestas en el interior de la congregación, L y su madre averiguaron si su caso podría tener alguna posibilidad de avanzar en la Justicia. En ese proceso se encontraron con la causa de Santa Elena, donde dos chicas denunciaron a dos Testigos de Jehová, Matías Vargas y Vito Panza, que están cerca del juicio oral por abuso sexual. El avance de ese caso les dio esperanzas.

“No tengo dudas que Dios lo va a juzgar. También está la justicia del hombre que en este momento está pidiendo que si uno sabe algo tiene que informar. Queremos que estas personas a las que les hemos confiado la situación que estábamos viviendo, cuenten, que sean sinceros con ellos mismo y digan que no son cómplices de este abusador, violador y su mujer que hicieron estos actos viles”, dice Carmen, y destaca que la justicia avanza con la investigación.

“Sé que hay mucha gente en María Grande que sabe que esa persona –por González- no es tan ángel como parece. Tiene doble personalidad, aparenta ser una cosa y ha abusado de su autoridad para ayudar a los niños y jóvenes, y abusó de eso. Creemos que hay más chicas víctimas”, finaliza.

La investigación penal preparatoria está a cargo del fiscal Leandro Dato. Las primeras medidas dictadas por la justicia fueron una orden de restricción de acercamiento para González. En la primera etapa de la pesquisa se espera que sean citados a declarar el Testigo denunciado, y las autoridades de la congregación que escucharon el relato de la familia y la víctima.

 

Fuente: Entre Ríos Ahora

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